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DEFENDER LA LAICIDAD DEL PSICOANALISIS

Par Neus Carbonell

Mi primer encuentro con el psicoanálisis de Jacques Lacan ocurrió en una aula universitaria. Se trataba de un curso de postgrado en un programa de Literatura Comparada de una universidad de los Estados Unidos. El curso llevaba por título “Teoría francesa contemporánea”. Las lecturas obligatorias incluían diversos trabajos de Ferdinand de Saussure, Roman Jakobson, Gérard Genette, Jacques Derrida, y de Jacques Lacan. De éste último, los estudiantes debíamos leer “La significación del falo” y “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. Textos que, en ese contexto, se proponían despojados de sus consecuencias clínicas. Sin embargo, las tuvieron para mi, aunque no podía saberlo aún. Mi primera lectura de los textos de Jacques Lacan supuso una experiencia de profundo extrañamiento, debía leer en una lengua extranjera, y en una doble traducción, unos textos para cuyo desciframiento no bastaba el diccionario. Y sin embargo, de todos los autores de ese curso, el más incomprensible fue el que tuvo en mi un mayor impacto. Su dificultad fue la causa de que continuara intentando su desciframiento más allá de ese curso y de los otros que completaron un doctorado. A ese encuentro debo también que diez años más tarde, ya en mi ciudad natal, acudiera a la consulta de quien sólo sabía el nombre y la dirección pidiendo para tratar el síntoma un psicoanalista lacaniano. Los escritos de Jacques Lacan habían tenido efectos más allá del sentido, aunque haría falta un análisis para empezar a capturarlos.

En “Prefacio a una tesis”, texto que aparece recopilado en Los otros escritos y que constituye, como su título indica, el prefacio a una tesis universitaria titulada “Jacques Lacan”, leída en Bruselas en 1970, Lacan escribe, aludiendo al discurso universitario, acerca de aquellos textos que “me plagiarán aunque sin dignarse a reconocerme. Interesarán para transmitir literalmente lo que yo he dicho: así como el ámbar guarda la mosca para no querer saber nada de su vuelo” (402). Preciosa metáfora para señalar que puede haber transmisión, aunque no haya saber.

En un aula, para mi suerte, se pudo transmitir el texto de Lacan literalmente, como el ámbar guarda la mosca; pero, ciertamente, sólo en un análisis se llega a saber algo de su vuelo. En ese vuelo, en el aleteo de las alas, como en el latido de la divisón subjetiva, para evocar una metáfora del mismo Lacan, surge lo más particular e irreductible, aquello que no es transportable, ni homologable, ni puede formar parte de ningún protocolo, ya sea universitario o profesional.

Ese espacio que ya Freud descubrió y que nombró como la laicidad del psicoanálisis, es lo que hoy defendemos frente a las intervenciones de un estado que se erige como garante de la felicidad y la seguridad de los ciudadanos. Urge defender nuestra laicidad, y la de nuestra formación, no sólo porque está en juego la supervivencia de la experiencia del psicoanálisis, sino también para frenar la pendiente invasora y entrometida del estado moderno que pretende extender sus tentáculos reguladores hasta lo más íntimo de cada sujeto. Desde luego, no es una intromisión bienintencionada ni ingenua, detrás se oculta el impulso desubjetivizador de las prácticas capitalistas contemporáneas.
En respuesta a este modelo de sociedad que se nos impone en la era de la globalización, el psicoanálisis sostiene el espacio para una ciudadanía laica, que no una ciudadanía felizmente anonadada que habita, para decirlo cándidamente con la ironía del ilustrado Voltaire, “en el mejor de los mundos posibles”.

Defender la laicidad del psicoanálisis en estos momentos implica apostar por un espacio laico en la ciudad en el cual poder pensar, analizar y sacar consecuencias de los síntomas del malestar contemporáneo, en lugar de los cielos prometidos por las religiones y del bienestar dispensado en píldoras por la industria farmacéutica. Deseamos una ciudadanía éticamente laica en un estado en que “Todo será para lo mejor en el peor de los mundos posibles”, como expresan las palabras de Philip Sollers en “Le Nouvel Âne”.

Defender la laicidad del psicoanálisis significa apostar por los efectos de verdad del saber sobre cada sujeto. Efectos que son irreductibles a un corpus sistematizado de conocimientos. Se trata, como indica Lacan en el texto “Alocución sobre la enseñanza”, de que el saber pase al acto, más allá de que la verdad pueda o no convencer.

Par Neus Carbonell le 02/09/2004