« DEFENDER LA LAICIDAD DEL PSICOANALISIS | Accueil | D’une résistance, l’autre: vers la question de l’analyste profane »

Diabolus in musica : UN ENCUENTRO LAICO CON EL PSICOANALISIS

Par Ivan Ruiz

A nadie extraña hoy escuchar cómo un artista reivindica el espacio de libertad que su acto de creación necesita. El artista debe resguardar la laicidad de su práctica, no es, sino, citando a Jacques-Alain Miller, “una opción de vida”.

Al mismo tiempo, lo laico, para el músico, pasa por su propia formación, más allá de títulos y acreditaciones académicas, que de provenir de un Conservartorio, no suele tratarse más que de un saber muerto en conserva. El control de su práctica corresponde, todavía, a la profesión musical, sin que sea demasiado manifiesta la intervención del Estado regulador al respecto.

Vista la batalla en la que nos encontramos todos aquellos que, desde el psicoanálisis, optamos por el inconsciente sin estar sometido a protocolos ni reglamentaciones, quién puede negar rotundamente que no vaya a ser éste el siglo en que el Estado regularice también la práctica musical y controle a los músicos laicos para evitar trastornos de conducta provocados por el intervalo conocido como diabolus in musica, depresiones exógenas a causa de las tonalidades menores o movimientos sectarios originados a partir de la audición de sinfonías de Mozart en la tonalidad de Mi bemol, una tonalidad supuestamente masónica, para conducir, así, nuestras vidas siguiendo el modelo del famoso flautista del cuento.

Hubo, en la Edad Media, un intento de control, por parte de la Iglesia, de ciertos recursos musicales, utilizados por los compositores de la época, que marcaron sustancialmente las prohibiciones que serían recogidas en los tratados de composición de los siglos posteriores. La intervención eclesiástica pretendía regular, esencialmente, aquellos giros melódicos que provocaban en el hombre afectos moralmente reproblables. Uno de ellos, el más blasfemo, conocido como tritono o diabolus in musica, a la vez que el intervalo considerado como la más temible de las disonancias, fue prohibido por contener medio tono más de lo establecido. En vez de responder a la distancia fijada de dos tonos y medio entre una nota y la otra, el tritono contenía medio tono en exceso. Pero, a pesar de la prohibición de su uso, no faltaron compositores que no pudieron sino sucumbir a lo enigmático de su sonoridad y acoger musicalmente lo fuera-de-ley que lo constituía.

Esa fue, quizás, en la adolescencia, mi creencia inconsciente: que la música acogería lo fuera-de-ley que me precedía en las generaciones de mi familia y que empezaba en aquel momento a resonar de forma ensordecedora en mi malestar. Pero la música no podía hacerse cargo de lo que vivía como excesivo. Medio tono de más en la escala, en la mesura de mi existencia, una disonancia prohibida que mi inconsciente insistía en hacer escuchar. Una angustia en el cuerpo que se me presentaba fuera de toda lógica y que, al estilo del estado legislador actual, pretendía someter a evaluación y control. ¡Qué candidez, la mía!

Solamente, el encuentro con un psicoanalista, en estas condiciones, me permitió, entonces, empezar a leer y entender la partitura que ya estaba escrita y cambiar de tonalidad, una tonalidad un tanto más cómoda. Con el tiempo me di cuenta que la elección por la música, a la que cada vez dedicaba más esfuerzo, no había sido una elección de la que pudiese hacerme responsable. Mi decisión de pedir el nombre de un analista vino justamente después de esta elección que me dejaba irremediablemente alienado a la música del otro. Y cada vez más, los síntomas y la angustia tomaban la voz cantante interfiriendo en mi práctica al piano hasta el punto de que los lapsus de memoria ponían en peligro mis actuaciones en público.

Eso fue lo que, finalmente, me llevó a consultar a un psicoanalista. Y lo que descrubriría más tarde, en el análisis, es que, en realidad, me dirigí al psicoanálisis para recuperar mi memoria. No podría haberlo buscado si no hubiese sido posible encontrarlo previamente en mi infancia. Por eso creo que mi encuentro con el psicoanálisis es un encuentro forzosamente laico. No fue ni un médico ni un psicólogo quien me orientó hacia él, sino el deseo materno lo que lo posibilitó. Acudí, perdido, a hablar de mis síntomas y me sorprendí haciendo existir mi inconsciente. Ya no había vuelta atrás en su lectura y desciframiento.

De ahí que el psicoanálisis debe ser laico o no será, pues, es únicamente de esta manera que puede acoger lo fuera-de-ley que escapa a ser cuantificado, mesurado o estandarizado. De la creencia en un inconsciente controlable con la que llegué a la consulta del analista hasta el descubrimiento de lo radicalmente íntimo que se encuentra en el interior del síntoma hay un recorrido que me lleva a apostar por el psicoanálisis, por el inconsciente y por el espacio de laicidad necesario para su ejercicio. No es, sino, “una opción de vida”.

Par Ivan Ruiz le 02/09/2004